Pasó durante una noche del mes de mayo de 1958. La Selección Mexicana de futbol se encontraba en una gira previa al Mundial de Suecia. Se habían jugado un par de partidos en Canadá y de ahí partieron rumbo a Europa. Llevaban casi un mes fuera de casa.

Estaban en Portugal en una cena de gala ofrecida por la Federación de aquel país, cuando uno de los seleccionados abandonó intempestivamente la misma. Salió, melancólico, a los jardines, y dejó volar sus pensamientos que sin duda se encontraban en algún otro lado menos en aquel país europeo. Era José Villegas, recio defensa del Guadalajara y uno de los mejores hombres de la Escuadra Mexicana. Sus actuaciones en canchas nacionales lo colocaban como el titular indiscutible. 

Las estrellas brillaban en lo alto del claro cielo portugués y Villegas volteaba al mismo y suspiraba como si algo lo inquietara o estuviese enamorado.

El entrenador Ignacio Trelles que se encontraba al tanto de sus jugadores, al ver que éste no regresaba al salón, lo buscó por todos lados hasta que dio con él sentado al pie de un árbol con la cara al cielo y rodeando sus piernas con ambos brazos. 

Se acercó y le preguntó:

–José, ¿ya cenaste?, ¿qué haces aquí afuera?

«El Jamaicón», que así le llamaban al jugador, le respondió:

–Cómo voy a cenar, si tienen preparada una cena de rotos. Yo lo que quiero son mis chalupas, unos buenos sopes o un rico pozole como los que hace mi mamá y no esas porquerías que ni de México son.

De manera seguramente injusta –comentó alguna vez el historiador Greco Sotelo– pero al mismo tiempo reveladora, la figura de El Jamaicón Villegas se ha convertido con el paso del tiempo en sinónimo de la incapacidad nacional para destacar internacionalmente en el futbol.

Los sonados fracasos futbolísticos desde aquella primera aparición en la Olimpiada de 1928 en Ámsterdam, una y otra vez han tenido su explicación en la historia plagada de anécdotas de El Jamaicón Villegas. De esa gira a Europa y del Mundial de Suecia se han dicho muchas cosas, que si éste lloraba por volver a su terruño, que llevaba entre sus cosas chiles, frijoles y tortillas, que escribía todos los días a su familia donde expresaba que ya quería verlos, que odiaba que nadie en aquellos países extraños hablara español, en fin, que el personaje con todas las cosas que tenga de míticas o de reales, acuñó una forma de ser del mexicano: 

En casa se es el mejor, pero fuera de ella se vuelve asustadizo, renuente al triunfo, mediocre.

El síndrome del Jamaicón asoló nuestras vidas futboleras por varias décadas, pero al parecer, todo quedó atrás. El futbol mexicano apunta hacia otras direcciones, esperemos que así sea.

Si te gustó, ¡compártelo!