1936. Los hilos del poder 

El futbol en México se profesionalizó hacia 1943. Antes, se vivió la época romántica en la que los jugadores saltaban al terreno de juego por el deseo de hacer lo mejor posible y por el amor a la camiseta, de la cual sudaban gotas de angustia y desesperación cuando perdían, y transpiraban felicidad cuando obtenían el triunfo.

En 1936, cuando ya en el ambiente se vivían los años previos a la profesionalización, muchos jugadores cobraban por debajo del agua o desempeñaban algún cargo en las industrias o comercios de los dueños de los equipos. Tal es el caso de aquellos que jugaban para el Real Club España o el Club Asturias, quienes podían participar como empleados de nombre en alguno de los múltiples negocios como las llanteras o cerveceras y cobrar por nómina, aunque dedicaran todo su tiempo a patear un balón. 

La compañía Luz y Fuerza del Centro era dueña del Club Necaxa, por lo que sus jugadores se desempeñaban como electricistas. El Marte dependía de la Secretaría de Guerra y Marina, y sus elementos llevaban grado militar y recibían un incentivo semanal dependiendo del resultado en el terreno de juego.

El América estaba muy ligado con el gobierno. El jefe del Departamento del Distrito Federal era muy devoto del club, y cuando la oportunidad se presentaba, ofrecía a los azulcremas empleos bien redituados dentro del Departamento de Estadística, el cual por supuesto sólo conocían cuando iban cada mes por su cheque.

En aquel año de 1936, se encontraba en la presidencia de México el general Lázaro Cárdenas, cuyo gobierno apoyaba el derecho a huelga y otros derechos de trabajadores como el contrato colectivo y el descanso obligatorio. Así, imbuidos por estos preceptos, un grupo de jugadores del equipo América, comandado por Rafael Navarro Corona –el portero de goma– decidió formular ante el club una serie de peticiones, y de no ser aceptadas, procedería a ponerse en huelga, negándose a jugar el campeonato de Liga.

Las peticiones eran la siguientes: 

  • ïUn contrato colectivo que garantice los servicios de todos los jugadores por dos años. 
  • ïAceptación de la creación de un sindicato de Jugadores del Club América. 
  • ïUn pago mensual justo que garantice la economía familiar, y que este pago sea por concepto de futbol y no como resultado de alianzas con el Departamento del Distrito Federal.

Esta solicitud era justa, pero como el futbol mexicano era semiprofesional y a los directivos del América les convenía que así se mantuviera, decidieron lo siguiente, para lo cual fueron apoyados por la Federación de Futbol a través de la Liga Mayor, máximo organismo rector del Futbol del Distrito Federal: 

“Los directivos resolvimos rechazar la solicitud por considerarla enteramente improcedente. El club no podría echarse encima un compromiso como sería el hecho de firmar contratos con sus jugadores.

“Nosotros, los miembros de la directiva, estamos en nuestros puestos por exclusivo amor y cariño al club y por afición al deporte, y no podemos echarnos encima el peso de compromisos económicos que están desligados totalmente del aspecto deportivo…

“La Liga Mayor respalda al Club América. Decidió apoyar en todo y por todo a la directiva del Club América en la determinación tomada con respecto al conflicto que le crearan los jugadores de su primer equipo… [quienes no podrán actuar en] otro tim de la misma categoría, aún cuando presenten su carta de retiro.

“La medida adoptada por el América es definitiva; pero el caso es realmente lamentable. Y lo es porque los jugadores del primer equipo del club de la muchachada han quebrantado aquella vieja tradición del amor y el cariño a la camiseta… y se han puesto en un plan francamente mercantilista.”

Los directivos, que consideraban a los jugadores como mercantilistas, eran los mismos que cobraban por las entradas de juego cada semana, la publicidad estática, transmisión de los partidos mediante la radio, las almohadillas que rentaban en los estadios de madera para que la gente ubicada en las gradas de sombra estuviera más cómoda, los refrescos y tentempiés que se vendían en los mismos estadios.

Los jugadores, entes activos sin los cuales no habría espectáculo, tenían que acudir al servicio médico pagado de su peculio, aun cuando se hubieran lesionado en la cancha. No tenían prestaciones de ningún tipo, y cuando ya no servían para patear de buena manera un balón de futbol, eran avisados sin más ni más de que sus servicios ya no eran requeridos ni en el campo de juego ni en la empresa que paga sus míseros sueldos.

Los futbolistas jugaban por amor a la camiseta, pero también necesitaban comer, aunque no pudieran enfermarse de vez en cuando…

Los jugadores decidieron irse a huelga, y el Club América les dio sus cartas para que se fueran con quien quisieran, pero ningún club los contrató. Existía, entre los dueños de todos los equipos, un pacto de “caballeros”. Los futbolistas tuvieron que regresar con la cola entre las patas al América para seguir jugando bajo las mismas condiciones y con las mismas prebendas de cuando se fueron, es decir, casi nada. 

La prensa se dividió, unos a favor de los americanistas, otros en contra; sin embargo, se comenzó a hablar de profesionalismo, y fue la primera piedra para que pocos años más tarde el futbol mexicano se decidiera a dejar a un lado el amateurismo marrón y comenzara a preocuparse un poco más por quienes creaban el espectáculo: los futbolistas.

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